lunes 20.11.2017
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Informacion General - PROFESIONAL
Descubrió el atractivo de la confrontación y ahora Macri corre el riesgo de recostarse en su "minoría intensa"
 
Como el kirchnerismo, que seguía las tesis de Ernesto Laclau en el sentido de que gobernar necesariamente implica definir un adversario con el cual confrontar y afectar intereses, ahora el macrismo encuentra rédito político en su nueva fase de "mano dura"

Al macrismo le ocurre algo paradójico: en su afán por diferenciarse del kirchnerismo está adoptando algunas de sus formas y características.

Sobre todo, la de confundir a su "minoría intensa" con toda la opinión pública, algo que lo lleva a radicalizar su discurso y sus políticas.

En los últimos días abundaron señales en este sentido. En particular, luego de la inyección anímica que supuso la marcha de apoyo del 1A y el movimiento "anti-paro de la CGT" organizado en redes sociales.

A partir de ese entonces, se notó una conducta claramente confrontativa del Presidente, tanto delante de los micrófonos como a la hora de tomar medidas para lidiar con los piquetes y las protestas en las calles.

Tras el apoyo recibido, Macri manifestó haber comprendido que buena parte de la sociedad lo había puesto en su cargo para que luchara "contra las mafias".

Días después, cuando tuvo lugar el paro general de la CGT, reaccionó con frialdad ante el pedido de diálogo del triunvirato sindical.

Luego endureció su posición con el gremio docente, al afirmar que "violan las normas y después van al paro".

Su actual postura marca un claro contraste respecto a la observada en Macri "versión 2016". Es decir, aquel que se congraciaba con la Iglesia y con sus propios socios políticos de la coalición Cambiemos al convocar a la Mesa del Diálogo Social.

El cambio más notorio quizás sea el del nuevo entusiasmo por la firmeza policial ante los piquetes y otras formas de invasión del espacio público.  

En este sentido, hubo un día clave, que significó un punto de inflexión: el del paro general

En esa jornada estaban dadas las condiciones para realizar un operativo policial de bajo riesgo. Para empezar, por fuerte clima social anti-piquete que se había gestado en las semanas previas (con la culminación en la marcha del 1A).

Luego, por el hecho de que los cortes de calles eran producto de unas pocas personas vinculadas con partidos de izquierda y sin el apoyo de la CGT. Haber despejado los accesos sólo con el uso de mangueras de agua y casi sin represión -salvo algunos forcejeos- fue considerado un éxito en la Casa Rosada.

La ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, ese día se mostró exultante en su raid de medios de comunicación. Sonriente, explicaba el cambio de actitud tras soportar un año de reproches por la demora en la aplicación del famoso "protocolo anti piquetes".

Felicitada por el Presidente, subió su perfil y hasta asumió un discurso decididamente partidario: "La búsqueda del poder por parte de un sindicalismo que pertenece a un movimiento político, es incesante y permanente".

"Todo gobierno que no ha sido liderado por el peronismo, ha tenido paros sistemáticos. Es evidente, histórico y probado", afirmó la funcionaria. "No vamos permitir que nos bloqueen el Gobierno. Desde que asumimos nos hicieron 1.124 bloqueos y piquetes", agregó Bullrich.

Pronunció estos dichos luego de haber justificado la acción policial que le impidió al gremio docente instalar la "escuela itinerante" en la plaza del Congreso, un domingo a la noche.

¿Laclau tenía razón?
Lo cierto es que, lejos de su promesa del día de la asunción (cuando se refirió a trabajar por la "unión de todos los argentinos" y a "superar la etapa de la confrontación"), Macri parece haber descubierto un inconfesado atractivo por las ideas del filósofo K que inspiró la "grieta" social y política.

Se trata de Ernesto Laclau, sociólogo que residía en Inglaterra y que falleció hace tres años. Durante el kirchnerismo, fortaleció su teoría sobre la necesidad de todo gobierno populista de generar un "relato" y de establecer un permanente estado de confrontación.

Según ese planteo, no hubo progreso social en la historia que no haya surgido de los conflictos y sin haber afectado los intereses de aquellos grupos concentradores de poder.

Su influencia era notoria en los discursos de Cristina Kirchner, quien se jactaba de que cada medida que tomaba era para favorecer a algún sector postergado de la sociedad por la vía de recortarle privilegios a esos grupos.

Desde ese punto de vista, la célebre "grieta" no sólo era inevitable sino que se presentaba como un objetivo deseable, porque las quejas de una parte eran la medida del éxito en la reparación de la otra.

Como consecuencia lógica de esa forma de gobernar, todo el "relato" quedaba cruzado por la antinomia "ellos versus nosotros" que, con su reconocida habilidad retórica, CFK cultivó y perfeccionó en los discursos en sus "patios militantes".

A la hora del análisis político, así fuera en los debates del grupo Carta Abierta como en los paneles del recordado programa "6-7-8", siempre las interpretaciones de cada hecho de actualidad se daban en el marco de esa lucha incesante entre sectores irreconciliables.

Así fuera una devaluación, un conflicto sindical o las transmisiones de fútbol en TV, todo pasaba por identificar y exponer los intereses ocultos que había en juego.

Frente a ese estilo político, Macri había prometido ser lo opuesto.

Las alusiones a la "revolución de la alegría", el estilo zen para la búsqueda introspectiva de la felicidad, el culto al trabajo en equipo con "retiros espirituales", la renuncia voluntaria a las cadenas oficiales en TV, todo llevaba a pensar en un drástico cambio de fondo y de formas.

Sin embargo, en las últimas semanas algo empezó a modificarse. Ya no cultiva la espiritualidad zen sino, más bien, parece disfrutar más con la confrontación abierta.

 

Lo mismo ocurre con sus principales funcionarios, que ya no están dispuestos a poner la otra mejilla sino que prefieren ir al choque.

Como síntoma de la nueva etapa, hasta el "filósofo oficial del macrismo", Alejandro Rozichner (que redacta los discursos del mandatario) también se alejó de sus ponencias sobre la felicidad para argumentar a favor de la nueva actitud del Gobierno.

Sobre el incidente con los docentes, aseguró que se encuadra dentro de la lógica del relato K: "Es la realidad contada al revés. Caso por caso, aplican la misma fórmula. Los hechos dados vuelta".

Y dejó frases como: "Patoteros que se victimizan haciéndose los ‘docentes' y lo que menos les importa es la educación"; "No respetan la ley y se fingen agredidos"; "Usar a los chicos para hacer mala política. No va. El patoterismo resulta más evidente que nunca, ya no engañan a nadie".

Un arma de doble filo
La gran pregunta es si este cambio de estilo le será redituable al Gobierno desde el punto de vista político o si, como le pasó al kirchnerismo, el hecho de recostarse en su "minoría intensa" puede acarrearle un costo mayor.

Por ahora, prevalece el argumento "validador" de las encuestas. Un último sondeo refleja una amplia mayoría (63%) que expresa su hartazgo por las protestas que implican cortes de calles y de autopistas.

Pero, como sabe todo buen "gurú" de campaña electoral, esas encuestas deben ser leídas con cuidado para evitar el riesgo de malinterpretarlas.

Ese mismo sondeo que está en manos del Gobierno deja en claro que la postura anti-piquete no es homogénea: es un 90% favorable entre quienes apoyan al macrismo y cae a la mitad (45%) en el resto de la opinión pública.

Pero, sobre todo, el detalle interesante es que una cosa es manifestar el enojo por un corte de calle y otra muy distinta es avalar la represión policial.

Cuando se le pregunta al entrevistado si apoyaría el uso de la violencia para desalojar piquetes, ahí ese visto bueno desciende al 37%. Y si en esas manifestaciones hay mujeres y niños, cae al 20%.

El riesgo del macrismo parece claro: así como en su momento daba la sensación de que Cristina Kirchner dirigía sus discursos a la "tropa K" y a los televidentes del programa "6-7-8", Macri corre un peligro político similar. 

Concretamente, el de confundir a todo su electorado con la postura de una parte del mismo, como por ejemplo la de Baby Etchecopar. El conductor radial, referente de la postura pro "mano dura", felicitó públicamente a Patricia Bullrich al día siguiente del paro general: "Por fin aparecieron los palos" dijo, al tiempo que aseguró que ahora sí sentía que lo que paga de impuestos tenía una contraprestación.

"Festejamos cada palo dado a estos negros como un gol desde casa (...) Cada vez que veía que bajaba un machete de la Policía yo ponía en Himno Nacional... eso es lo que queríamos, eso es lo que votamos, es lo que apoyamos", dijo Etchecopar.

Hay ciertos apoyos que más bien parecen una ayuda al enemigo. Nadie lo sabe mejor que Cristina Kirchner, que recibe un "salvavidas de plomo" cada vez que personajes como Luis D'Elía o Hebe de Bonafini expresan su adhesión.

El riesgo del Presidente es que por cada elogio, del estilo Etchecopar, se exponga perder el apoyo de sus propios socios de coalición. Ya hubo señales de incomodidad y hasta de rechazo explícito por parte de dirigentes de la Unión Cívica Radical, cuando se produjeron los incidentes con los docentes.

Es posible que, en la balanza, los estrategas del macrismo consideren que los eventuales costos del "endurecimiento" son menores que los beneficios.

Es que, efectivamente, en la Argentina la explotación de "la grieta" es un fenómeno de alto rating. Pero claro, eso no significa un éxito político asegurado.

Como ya comprobó el kirchnerismo, las minorías intensas hacen ruido y pueden premiar a un político con el "mimo" de una manifestación callejera, pero otorgan un "techoelectoral bajo.

Macri, que durante años sufrió ese efecto limitante, recién pudo superar su "techo" de votos cuando sumó aliados y cambió el estilo. Su discurso ganador fue el del rechazo a la confrontación.


 

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